Nombre del
cuento: Una historia de miedo
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RESUMEN
Era un niño que no le gustaba bañarse para nada y peleaba mucho con su mama por que se la
pasaba diciéndole que se aseara el con sus amigos se la pasaba quejándose de lo
horrible y tormentoso que era el asearse, un día le contaron que si se ponía
las lagrimas de un perro por la noche podría ver a los espíritus, así que lo hizo
y el tenia sus propios fantasmas había uno que siempre le abrió la puerta y no
la cerraba, otro que le movía los zapatos de lugar y el creyó que era un duende
por que como les gusta causar problemas. Y el tercero era un dragón que lo veía
por las ventanas peor solo él podía verlos por que se desaparecían, y eso le
molestaba por que ya no podría contarle a sus amigos, hasta que un día en el
baño siempre estaba el diablo sentado alado de la taza y era el único que le
causaba miedo, pero él no quería que se diera cuenta, así que menos se bañaba,
hasta que un día por la comezón de los piojos se metió a bañar y le dijo al
diablo que era una pobre rata que estaba si por que solo se quedaba ahí sin
comer, y al salir del baño efectivamente lo veía unos ojos negros y un bigote
alargado, pues solo era un rata, y así es como venció al diablo y ya tenia una
historia que contarle a sus amigos en el colegio.
Una historia
de miedo
Autora:
Cristina Leirana
Traducido a
la Lengua Maya por: J-Martiniano Pérez Angulo yéetel
X-Patricia Martínez Huchim
-¿Y del
diablo, alguien sabe algún cuento del diablo?, preguntaba Joaquín con
insistencia;
pero todos se fueron corriendo, pues el diablo sí que da miedo.
Y esa tarde,
como todas, la madre de Joaquín, por la fuerza lo metió a la regadera y lo
vigiló para
estar segura de que él se bañara.
Él parecía
presumir de ser un niño sucio: cada vez que podía, comentaba lo desagradable
que le era
asearse.
A lo que
siempre prestaba atención era a los relatos de sus amigos: le habían contado
que si ponía
en sus ojos las lágrimas de un perro,
por las noches podría ver a los
espíritus,
pero del susto perdería la voz, la abuela de un compañero tuvo una amiga que
murió cuando
a su cabeza le pusieron sal y no pudo unirla de nuevo con su cuerpo.
Joaquín
tenía sus propios fantasmas: uno que abría la puerta de su cuarto y que no la
cerraba
cuando él se lo pedía, sino hasta que al espíritu se le daba la gana.
Otro le
cambiaba de lugar las cosas. Cuando el niño iba por sus zapatos –y recordaba
claramente
haberlos dejado junto a la papelera-, ya no estaban. Rato después los
encontraba bajo la cama. A veces, le escondía sus libretas y lo atrasaba en su
tarea.
Joaquín
sospechaba que era un duende quien hacía esto, pues todos saben que a ellos les
gusta causar
problemas.
También
había un dragón, que acechaba a Joaquín a través de los cristales de la ventana
cerrada.
Nunca dejó que el niño lo mirara: únicamente le mostraba su silueta entre las
matas de
plátano, y en alguna ocasión escupió fuego, sólo para enseñarle que estaba ante
un dragón
verdadero.
Si Joaquín
corría hacía los vidrios, enseguida desaparecía. “¡Chin!, ¿cómo me van a
creer mis
amigos?”
Ni el
dragón, ni el duende, ni el fantasma producían temor a Joaquín; podría decirse
que
deseaba
llevarse con ellos.
Quería tener
una historia, algo que contar en el recreo, pero ninguno de esos seres se
dejaba ver.